-Porqué buscar los secretos, cuando la verdad está a la luz-
Cuánto tiempo ha pasado desde que la forma humana nació, un mundo inhóspito y envuelto en tinieblas provoca temor en esas pequeñas e insignificantes vidas, debían confiar en alguien, o en algo. Adoptaron entonces, en medio de su agria soledad, a los que más tarde serían sus mejores amigos (o eso suponían ser), unos animales, caninos hermosos de pelaje deslumbrante, llenos de una fuerza tan fiera que los humanos ya no temieron a nada; convivían armoniosamente tanto, que algún dios se compadeció y esos caninos raza les dio, lobos que a la luna aullarían pero no solo eso le bastó, el habla también les concedió. Los humanos lo soportaron amablemente pero el ver tantos dones obsequiados a unos animales, que los humanos comenzaron a sentir celos y tomaron medidas en contra de los lobos, los comenzaron a matar y en algunas veces a sacrificar a sangre fría, derramando la sangre de estos animales que de igual forma respondieron. No había motivos, los humanos y los lobos comenzaron a vivir separados, llenos de odio por "ser" los favoritos del dios.
El dios de las tinieblas se complació por todo el odios que reinaba en la tierra, para él esa era la idea del paraíso, pero la diosa de la tierra no lo vio bien y con su poder, asesinó a esos hombres y a esos lobos enviándolos sin escalas ni remordimientos al reino de las tinieblas confiando en que el gobernante de ese lugar les daría un merecido castigo pero no fue así. Al recibir a aquellas almas, el dios del inframundo las conjugó, creo un solo cuerpo pero con el alma de dos seres completamente diferentes, toda una obra maestra del dios oscuro, tal fue su agrado que devolvió a aquellos nuevos seres, en secreto, a la tierra. Pero para agrandar su placer los condenó, “por las mañanas y tardes, serás humano; por las noches, cuando la luna este en su máximo esplendor en el firmamento, serás aquella parte que tanto odiaste, un lobo”. Tal condena pudo haber sido en un principio algo controlable y quizá pudo no haber importado, pero al paso de los siglos aquellas palabras significaron una gran maldición a los licántropos.
Una nueva raza, una nueva palabra en la boca de los seres que no habían sido víctimas de dicha maldición, una nueva conjugación que por siglos en distintas partes del mundo marcarían una nueva era llena de temor, de burlas que más tarde significarían un dolor inmenso convertido en leyendas.
Sekhmet se encontraba feliz y complacida por ver lo que su amado dios de las tinieblas había creado y desato una peste en todo el mundo y en algún lugar llamado Arcadia, Sekhmet dio origen a Lycaón, hijo de un rey llamado Pelasgo, que nació siendo humano pero el día en que cumplió 16 años, día en que también heredaría el trono de su padre, mientras la luna resplandecía en el firmamento, Sekhmet hizo su aparición frente a la familia real y llena del encanto de aquel desdichado, lo asesinó; al verlo muerto y yaciente en su trono, sopló en su frente y le dio nuevamente la vida, pero su conjuro pronunció: “ser rey ante la luna, testigos del mal, condenado sois tú y tu descendencia a mi ser por siempre servir, condenado a la herejía y a la plaga de los que aúllan en mis aposentos”. Sus palabras eran extrañas, nadie en el momento las entendió, y sin embargo cuando la diosa desapareció una espesa bruma negra cubrió el salón principal del castillo, todos los presentes se llenaron de temor y poco a poco, uno a uno murieron quedando solo una doncella, que apenas la bruma se disipó, quedo frente a Lycaón que en seguida, impulsado por una fuerza extraña, se lanzó a la doncella, la tomó, la desalojó de sus ropas y la hizo suya.
Fue entonces que Lycaón y aquella doncella de nombre Melissá fundaron la ciudad de Licasura, erigiendo un altar en el monte Liceo en honor a Zeus Tonante. Sin embargo, cometió la imprudencia de querer engañar a los dioses, invitándolos a un banquete en el que hizo servir la carne de su primogénito disimulada en una especie de guiso. La herejía fue desenmascarada, aunque es de caballeros confesar que al menos Deméter alcanzó a degustar el insólito manjar, y Zeus condenó a Lycaón y a toda su estirpe a convertirse en lobos. Cosa que no era necesaria, pues ya antes Sekhmet lo había condenado y hasta este momento Lycaón comprendió las palabras de aquella que lo mató y resucitó en un abrir y cerrar de ojos.








