Un frágil recuerdo nos invade, nos provoca, nos intriga, ocasiona que nuestra vida gire y vea el pasado ante un presente latente, de verdad como deseo que ese recuerdo renazca de las cenizas y avive el fuego que lo mantiene vivo y que ahora lo hace fuerte en nuestros sueños, en nuestro presente. Cada parte de estos recuerdos me llena de una esperanza que no se dónde terminará; una esperanza que me lleva a intentar volver a aquellos días donde tu pecho me servía de cuna y el latido de tu corazón como una dulce canción que me ayudaba a dormir, sin temores, en paz; tu abrazo mi cobija y tu respiración mi aliento.
Sentir tu piel es algo inédito, es como tocar las nubes, tus labios son dulces como dulce es la miel que hacen las abejas, tu aroma difícil de ocultar como difícil es evitar el aroma de una flor.
El hablar contigo sobre todo esto provoca un éxtasis demasiado extremo, provoca que muerda mis labios, que los saboree y los haga sangrar, y sintiendo la sangre fluir, desvanecerse sobre mi piel, cruzar mi cuello y avivarse en mi pecho, una experiencia que el solo pensar en tu sangre ocasiona que me hiera por no tenerte cerca de mi, para hacer de tu ser una figura segura en la que resguarde mi pasión.
Déjame morder tu cuello, perderme en tu aroma, rasgar tu espalda y beber de tu sangre mientras ésta se desliza suavemente sobre tu piel y provoca tus sentidos, descubre tu ser y enciende la llama perdida, llegando así a lo que nos han negado, a lo prohibido, al lugar donde nuestros cuerpos se funden en una suave caricia llamada amor. Pretenderé que cuando te vea no miro tu cuello ya que solo así olvidaré este deseo hacia ti que por el tiempo que vivimos no es tan fácil sentirlo. Complico mi existencia cuando te tengo cerca por temor a lastimarte y por ende... perderte

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